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Datos curiosos sobre Beijing

No hace ni una semana que estuve en Beijing y debo confesar que fue una experiencia muy divertida. Muchos de los comportamientos que se dan por normales allí pueden espantar a cualquier occidental, pero es parte del encanto y de las risas. En este post dejo una serie de las cosas que más me chocaron o llamaron mi atención.

1. Bebés en culos: no van en culos directamente, pero puedes ver el culete de los bebés que están en la edad de aprender a controlar sus esfínteres porque sus padres los llevan con pantalones rajados que les permiten agacharse en cualquier momento para hacer pis o caca. La verdad es que es bastante gracioso, ¡pero me pareció una forma muy sencilla de constipar a un bebé!

2. El pis es público: bueno y la caca también. Me explico: hacen sus necesidades en sus urinarios de tipo oriental, pero en los baños públicos no suele haber cerrojo en las puertas o directamente no hay puertas por lo que puedes entrar a un Public Toilet y no ser capaz de echar ni gota mientras que el resto de chinas a tu alrededor se desahogan sin ningún tipo de pudor.

3. Tienen un serio problema de contaminación: al principio pensábamos que se trataba de nubes hasta que nos dimos cuenta de que era una capa de polución inmensa. La luz del sol entra filtrada y crea un ambiente bastante curioso. Tuvimos la suerte de ver un par de días el cielo azul gracias a la fina lluvia que estuvo cayendo durante todo un día. Y en las zonas donde se concentra bastante vegetación (como el Palacio de Verano) se nota la influencia positiva de los árboles que limpian el aire.

4. La especia X: ni mis acompañantes ni yo fuimos capaces de saber qué especia es la causante de que al final casi todo lo que comas en China sepa igual. Incluso hay calles enteras que huelen a esa especia que se impregna en el ambiente e incluso en la ropa de la gente. Los viajes en metro a veces son un poco traumáticos si en el vagón huele a esa especia.

5. Protagonizar fotos de gente que no conoces: esto se puede ver de dos formas. Una es la inevitable situación de hacer fotos rodeado de personas (en cualquier lugar hay gente), y otra es la de los chinos que piden hacerse fotos contigo o directamente te las hacen intentando que no te des cuenta. Menos mal que tienen capado el Facebook.

6. Curiosidad infinita: si no tienen una cámara de fotos a mano, no tienen reparo en quedarse mirándote fijamente (incluso muy de cerca) analizando cada uno de los detalles de tu rostro, tu cuerpo, tu ropa o vete tú a saber qué. Resulta bastante molesto, sobre todo cuando el curioso empieza a hacer comentarios en chino con el señor chino que lleva al lado y te señala. Los piercings en la cara y los tatuajes son un imán de chinos.

7. Escupitajos: hay que andar con cuidado si no quieres acabar con un escupitajo en la ropa, porque los chinos escupen todo el rato y no miran si pasas por detrás de ellos en ese momento. Además no se trata de un simple esputo; son profesionales de arrancar trozos de pulmón desde las profundidad de sus entrañas para echarlos con un escupitajo.

8. Su actitud de “a mi plin”: todos los chinos duermen con Pikolin porque si no, no me lo explico. Parece que cualquier norma les importa una mierda. Desde los  carteles de “prohibido fumar” (debajo de los cuales se podía ver siempre a un chino fumando) hasta los semáforos en rojo, todo se lo pasan por el forro. En lo que se refiere al tráfico, da bastante miedo porque pueden atropellarte en cualquier momento, no respetan los semáforos y mucho menos las direcciones prohibidas o los cambios de sentido seguros. Al final, el cruzar la calle se convierte en un tira y afloja a ver quién le echa más huevos: o tú o el conductor del autobús que gira en zona prohibida para evitar un semáforo.

9. El metro: es muy barato pero te pone a prueba en todo momento. Eso de “dejar salir antes de entrar” es una milonga más y si lo haces eres una nenaza que pierde la oportunidad de subir al metro. Dentro del vagón hay mucha gente y fuera hay mucha más gente que quiere entrar. Las horas punta en el metro de Madrid son una mierda en comparación con cualquier hora en el metro de Beijing. Estrategia, percepción, destreza, velocidad, agilidad y fuerza son requisitos indispensables para moverte en el metro de esta ciudad. Este fragmento de la película 300 ilustra muy bien la vida en el metro: los persas son los que intentan entrar y los espartanos son la gente del interior del vagón. En serio, es así.

10. Tratan de timarte todo el rato: y a veces se les va de las manos y consiguen que te cabrees mucho. El regateo para comprar cualquier cosa es imprescindible y lo mejor es calcular una media de 15 minutos en cada intento de compra. Otro consejo es comportarse en la negociación con la misma exageración que el vendedor y recordarles de vez en cuando que no eres ni americano, ni ruso (a los que sangran como quieren).

Puede no resultar muy alentador viajar a Beijing después de esto, pero al contrario; todo es diferente y chocante y junto con el hecho de que tú no te enteras de nada de lo que te dicen y ellos tampoco tienen ni papa de lo que les estás contando lo hace todo aún más gracioso. Las risas están garantizadas.


Realidades inquietantes 1: El síndrome pre-vacacional

Sí amiguitos, escribiendo la última entrada de este blog mencioné que algún día retomaría mis “Realidades Inquietantes” y ¡¡hoy es ese día!!

Retomo mi peculiar análisis de algunos aspectos inquietantes de la realidad con algo que sucede en mi familia (esto es intimidad y lo demás son tonterías): el SÍNDROME PRE-VACACIONAL (SPV).

El SPV afecta en su forma más agresiva a m hermano y a mí, y consiste básicamente en el cabreo que supone realizar cualquier viaje de placer. Normalmente empieza a manifestarse con un ligero quejido al terminar de realizar la reserva de los billetes de avión o del hotel, pero suele mantenerse en estado latente hasta la semana antes del viaje.

Durante el tiempo que transcurre entre el momento en el que el SPV se manifiesta y la llegada al destino, el paciente sufre pequeños momentos de vaguería, pereza e incluso asco al pensar en su viaje o cuando otros se lo mencionan. El estado crítico del SPV es la noche anterior al viaje. Punto en el que me encuentro ahora mismo.

Llevo todo el día remoloneando alrededor de mi armario para hacer la maleta. A media tarde he decidido que era mejor una siesta que seguir con la dichosa maleta y he estado durmiendo dos horas. He hecho los deberes de japonés, me he puesto a practicar katakana, he visto Kill Bill por enésima vez y todo con la maleta a medio hacer. Este acto de escoger y organizar cosas para que quepan en un espacio reducido que a lo mejor pierden en el aeropuerto me resulta muy tedioso y, a parte, me cabrea en exceso. Si alguien me pregunta algo así como “¿ya lo tienes todo?” puedo llegar a fulminarlo con un comentario soez. He gritado a mi madre, a mi padre, a mi hermano e incluso a mi perro y ahora tengo unos niveles de estrés en el cuerpo que no me van a dejar dormir a gusto. Todo el día llevo dándole vueltas a las mismas frases: “quién me mandará a mi”, “con lo bien que estoy en mi casa” y “menuda mierda”. Estas frases sacan de quicio a las personas de mi entorno que no se van de vacaciones (en estas fechas, todas) que encima replican con argumentos que me cabrean todavía más: “anda no te quejes” o “si quieres, voy yo”.

Al final, como he expuesto anteriormente, el SPV se cura al llegar al destino. Pero hasta ese momento me quedan muchas horas de avión y de aeropuertos. Y mientras tanto sigo pensando que por qué narices se me ocurriría viajar a Beijing.