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Realidades Inquietantes 2: Las personas quietas

Sí queridos; después de una época de sequía (lo siento, pero los primeros días del enamoramiento absorben muchísimo) retomo la actividad de este humilde blog con otra entrega de… ¡Realidades inquietantes!

El hecho que me llama la atención esta vez y que me produce un desasosiego supremo es LA GENTE QUE SE QUEDA QUIETA. WTF? Estaréis pensando algunos. Muy bien, pondré un ejemplo.

Ayer tuve la suerte de poder asistir al concierto de Smashing Pumpkins en Madrid. Fue un concierto de PUTA MADRE (lo fue malditos puretas). “Pero no tocaron Disarm” dirán algunos; “¿y qué más da?”, contesto yo. Billy “el puto amo” Corgan se marcó un concierto íntimo, místico y muy especial en el que dejó bien claro que, pese a su aspecto deteriorado a lo Phill Collins, sigue siendo uno de los grandes de la música. Los allí presentes enmudecían con cada solo de guitarra, coreaban cada estribillo, levantaban las manos cuando el amo Billy lo pedía… Una catarsis, joder. Yo sólo quería saltar. Mi cuerpo tiraba de mí hacia delante, mi cabeza se movía con la música… Y aquí es cuando llega lo inquietante: LA GENTE ESTABA QUIETA.

¿Cómo puedes estar asistiendo a ese espectáculo, a ese momento de tu vida sin moverte? ¿Es que la música no te llena? ¡Es imposible! Si Billy Corgan está tocando Tonight, Tonight, ¿cómo puedes no moverte? Pues pasa. A mi alrededor la gente estaba quieta. No es que fuesen las típicas personas que se sitúan alejados del escenario para disfrutar del concierto tranquilamente, no. Estaban quietos: postura inalterable, cuello rígido. Ni un bamboleo, ni una sacudida de cabeza… completamente quietos. Por favor, si alguien es capaz de entenderlo que me lo explique.

Pero esto de la gente quieta no se produce sólo en los conciertos. Está llegando a lugares tan cotidianos como el metro y en las aceras. Vas andando por la Gran Vía y de repente la persona que tienes delante se para porque sí. No se pone a mirar un escaparate, sencillamente se para. Y en el metro cada vez son más las personas que entran a un vagón y se paran en la puerta. En la puta puerta. Y no creáis que se apartan cuando en la siguiente parada alguien quiere subir o bajar… son personas quietas, son personas inamovibles.

Yo no entiendo nada, pero bueno. De eso se nutren mis Realidades Inquietantes.

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Realidades inquietantes 1: El síndrome pre-vacacional

Sí amiguitos, escribiendo la última entrada de este blog mencioné que algún día retomaría mis “Realidades Inquietantes” y ¡¡hoy es ese día!!

Retomo mi peculiar análisis de algunos aspectos inquietantes de la realidad con algo que sucede en mi familia (esto es intimidad y lo demás son tonterías): el SÍNDROME PRE-VACACIONAL (SPV).

El SPV afecta en su forma más agresiva a m hermano y a mí, y consiste básicamente en el cabreo que supone realizar cualquier viaje de placer. Normalmente empieza a manifestarse con un ligero quejido al terminar de realizar la reserva de los billetes de avión o del hotel, pero suele mantenerse en estado latente hasta la semana antes del viaje.

Durante el tiempo que transcurre entre el momento en el que el SPV se manifiesta y la llegada al destino, el paciente sufre pequeños momentos de vaguería, pereza e incluso asco al pensar en su viaje o cuando otros se lo mencionan. El estado crítico del SPV es la noche anterior al viaje. Punto en el que me encuentro ahora mismo.

Llevo todo el día remoloneando alrededor de mi armario para hacer la maleta. A media tarde he decidido que era mejor una siesta que seguir con la dichosa maleta y he estado durmiendo dos horas. He hecho los deberes de japonés, me he puesto a practicar katakana, he visto Kill Bill por enésima vez y todo con la maleta a medio hacer. Este acto de escoger y organizar cosas para que quepan en un espacio reducido que a lo mejor pierden en el aeropuerto me resulta muy tedioso y, a parte, me cabrea en exceso. Si alguien me pregunta algo así como “¿ya lo tienes todo?” puedo llegar a fulminarlo con un comentario soez. He gritado a mi madre, a mi padre, a mi hermano e incluso a mi perro y ahora tengo unos niveles de estrés en el cuerpo que no me van a dejar dormir a gusto. Todo el día llevo dándole vueltas a las mismas frases: “quién me mandará a mi”, “con lo bien que estoy en mi casa” y “menuda mierda”. Estas frases sacan de quicio a las personas de mi entorno que no se van de vacaciones (en estas fechas, todas) que encima replican con argumentos que me cabrean todavía más: “anda no te quejes” o “si quieres, voy yo”.

Al final, como he expuesto anteriormente, el SPV se cura al llegar al destino. Pero hasta ese momento me quedan muchas horas de avión y de aeropuertos. Y mientras tanto sigo pensando que por qué narices se me ocurriría viajar a Beijing.