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La carencia del yo atormentado y sus consecuencias sobre mi posible creación literaria

(Atención lector: no te dejes engañar por el título; esta entrada es otra de mis tonterías)

Hace escasos minutos que me acabo de dar cuenta de una cosa: creo que jamás llegaré a ser una escritora notable porque soy feliz.

Me explico.

Estaba colocando, o mejor dicho, encajando como piezas de Tetris tres nuevos libros (Nada de Janne Teller, Crezco de Ben Brooks y El mundo de hoy de Kapuscinsky) y he empezado a leer los nombres de los escritores de la estantería: desde Edgar Allan Poe a Baudelaire, pasando por Hemingway, Scott Fitzgerald, Sartre e incluso Phillip K. Dick… y todos ellos le daban al alcohol o las drogas que daba gusto y ahí están, entre los dioses de la literatura.  Y a falta de drogas ¿qué mejor que una vida atormentada por alguna enfermedad, la muerte de un ser querido o el amor no correspondido para convertirte en un genio del arte del escribir?

Y eso viendo la obra de autores clásicos, que a saber qué perversiones saldrán a la luz dentro de cien años de la vida de nuestros escritores contemporáneos…

Visto lo visto parece que una vida desgraciada es un requisito indispensable a la hora de dedicarse a esto de la escritura (o del arte en general, que los pintores, fotógrafos, cineastas, etc… también tienen lo suyo). Así que me pongo a darle vueltas a mi existencia y, quitando ese periodo adolescente en el que abracé la tristeza infinita y el mal humor constante y los mezclé con tabaco a cantidades industriales y porros como si me fuera la vida en ello, me parece que el resto de mi vida ha sido una mierda a nivel artístico.

“¡Pues empieza a darle al tema!” os diréis muchos. Imposible. Las drogas y los vicios los tienes que desarrollar antes de los 21, cuando te da todo igual, cuando tu capacidad de recuperación de los excesos es óptima y cuando no tienes un trabajo (o cualquier otro tipo de responsabilidad) que te obligue a lucir  un mínimo de buena cara al día siguiente. Por desgracia para mi yo artístisco, no lo hice. Hace años que dejé atrás los 21 y el tabaco, cada vez me sientan peor los cubatas, los fantasmas del yo atormentado los tengo bajo control e incluso estoy mirando gimnasios para ponerme en forma. Vamos que estoy completamente perdida…

Seguid sin mí; ya me forraré publicando novelas románticas, esa pornografía encubierta entre las encuadernaciones más horteras del mundo…

No se por qué lo llaman romántica cuando quieren decir pornográfica

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5 de Noviembre

“Remember remember the fifth of November
Gunpowder, treason and plot.
I see no reason why Gunpowder Treason
Should ever be forgot…”

La información sobre Guy Fawkes y el Motín de la Pólvora la tenéis aquí.

Lo que yo pretendo conmemorar y grabar a fuego en mi mente y en mi corazón cada 5 de Noviembre es esto otro.

Libertad y esperanza.


Poe

No me perdono el no haberme acordado de que el día 7 de octubre fue el 162 aniversario de la muerte de Edgar Allan Poe.

La mayoría de mis conocidos saben que en los seudónimos que más utilizo para identificarme por Internet (y por otros lugares) siempre suelo incluir “Poe”. Es más, en alguna que otra personalidad cibernética me he jactado de ser descendiente del autor. Perdonen mi atrevimiento, pero creo que ningún escritor me ha marcado tanto como él.

Desde bien pequeña he sido amante de las cosas oscuras. Me encantaba pasar miedo, me hice amiga de Freddie Kruger en un sueño (ya contaré la historia otro día), estaba enamorada de Eduardo Manostijeras y aluciné con 7 años cuando vi Pesadilla Antes de Navidad, de Tim Burton, la película que marcó mi vida. Leía muchísimas novelas de aventuras y de terror, aparte de cómics, pero no fue hasta los 9 o 10 años cuando saqué de la biblioteca del colegio un recopilatorio de historias de Poe. Y todo cambió.

El retrato más famoso del escritor.

Me gustaba leer sus historias en la cama, a oscuras, metida debajo de las sábanas con una linterna. La capacidad que tiene Edgar Allan Poe de dar vida a pesadillas y delirios de locura es tan abrumadora que, por muy mal que lo estés pasando, eres incapaz de dejar de leer. Consigue que escuches los latidos en El corazón delator, que veas al gato negro mirándote fijamente, que se te pongan los pelos de punta con La mascarada de la muerte roja (ese reloj marcando las horas que hace enmudecer incluso a los músicos)… La tensión en El entierro prematuro, la locura en Berenice, el misterio en Los crímenes de la rue Morgue, el terror en El pozo y el péndulo, la ciencia ficción en El caso del señor Valdemar, la venganza cruel en El tonel de amontillado, la soledad y la oscuridad del alma en El cuervo… Cada relato y cada poesía de Poe tiene la capacidad de absorber y estremecer al lector como ningún otro consigue hacerlo.

Tuvo una vida bastante complicada, marcada por la muerte (sus padres primero y su mujer después) y el fracaso que supuso el no ver realizado su sueño de editar su propio periódico. Poe fue uno de los primeros escritores que intentó vivir precisamente de sus obras (y así le fue). Una persona diferente, con una visión de la vida fuera de lo convencional, dejó escrito en una de sus cartas: “Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro”.

Nunca me canso de leer sus obras, especialmente El cuervo (nevermore es mi próximo tatuaje). No se como explicarlo pero se que le debo mucho (para bien o para mal). Dejo este enlace, muy curioso y bonito: dos de sus obras (mis dos preferidas) narradas de forma magnífica con Muse de fondo. Muy bueno; disfrutad.

http://www.rtve.es/alacarta/audios/videodrome/videodrome-mascara-muerte-roja-08-05-10/765828/


Freedom Forever!

En días como éste me gusta más que nunca leer V de Vendetta, de Alan Moore; para algunos será sólo un cómic (pobres…), para otros, entre los que me encuentro significa mucho más.

V de Vendetta

Hoy hace 10 años se produjo el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York y todo el mundo recuerda lo que sucedió. Una tragedia terrible, tanto como otras tantas tragedias en las que muere gente inocente (por desgracia, parece ser que nunca se asesina a los culpables) por el capricho de algún loco. Hoy una de las preguntas que más se repite en los medios de comunicación y las redes sociales es “¿y tú que hacías el 11-S?”.

Yo estaba comiendo. No recuerdo por qué estaba puesto el telediario de Antena 3, ya que en mi casa siempre vemos los informativos de la 1 pero no importa. Comíamos lentejas cuando Matías Prats empezó a hablar de un accidente ocurrido, de un avión que se había estrellado contra una de la torres, de la falta de información… Mi hermano y yo empezamos a despotricar contra la torpeza del piloto y de la torre de control, de cómo podía alguien cometer un error así, de lo fuerte que era todo… y entonces vimos el segundo avión estrellarse contra la segunda torre. Dejamos de comer y nos callamos.

Todos supimos que algo gordo estaba a punto de pasar. En todas partes, los más agoreros hablaban de una 3ª guerra mundial, mientras que empezaban a oírse los primeros chistes (el humor español) sobre el atentado. Yo estoy convencida de que algo muy gordo cambió ese día. En occidente empezamos a tener miedo.

El miedo ha sido la excusa de la última década para destruir países, robar recursos y, más recientemente, recortar derechos civiles. Empezamos a cambiar libertad por seguridad en un trueque con una vuelta atrás muy complicada. En los últimos 10 años hemos visto cómo uno de los pilares de la democracia y los derechos humanos, la libertad, se veía recortada de diversas formas: desde detenciones ilegales y encarcelamientos sin juicio (véase la vergüenza de Guantánamo), hasta un “simple” control de aeropuerto, pasando por un policía que se lía a palos con manifestantes pacíficos.

El miedo mueve masas pero paraliza las mentes. El miedo es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Primero fue el miedo a los terroristas, ahora el miedo a la crisis, pero las consecuencias siempre son las mismas: recorte de libertades y de derechos. Y es aquí cuando vuelvo al principio de este post. V de Vendetta, para mí y para muchos, representa un aviso, una amenaza de un futuro dominado por el miedo; pero también una esperanza y una ilusión de lucha colectiva.

Evey Hammond, en la película, en el momento en el que pierde su miedo.

V es un personaje que se dedica a quitar la venda, a incomodar con la realidad, a despertar a una sociedad durmiente de su falso sueño de bienestar que ha cedido sus derechos a cambio de una ilusión de seguridad, en un mundo donde la cultura ha desaparecido (me encantan las referencias de Moore a la literatura de los clásicos y a la importancia de la música). V simboliza la llave que abre las puertas del cambio, pero que el cambio se produzca es responsabilidad nuestra.

(La primera canción que escucha Evey Hammond que no es una marcha militar; en La Galería de las Sombras, la guarida de V)

Quizá se trata de un planteamiento demasiado profundo para un cómic, o demasiado utópico, pero este es el motivo por el que me gusta leer V de Vendetta en días como éste. Porque te invita a no tener miedo.

Uno de los carteles de la película, que no me gustó tanto como el cómic.


Nada; ¿nada?

Uno de los libros que más me ha impactado de los que he leído este año ha sido Nada, de Janne Teller. Me enteré de la existencia del libro por la prensa. Nada había sido prohibido, censurado, premiado e incluso de lectura obligatoria. Un libro así hay que leerlo y me lo terminé en una tarde; pero no es algo que tenga mérito: el libro es corto y brutal.

Resulta que Pierre Anton, un chaval de instituto, declara el primer día de clase que la vida no tiene sentido. Nada importa, se sube a un árbol y desde allí replica a todo aquel que quiera llevarle la contraria. Sus compañeros de clase, aterrados antes sus argumentos, deciden hacer algo para demostrar que Pierre Anton se equivoca. Y vaya si lo hacen.

No es mi estilo spoilear un libro; no lo voy a hacer. Sólo diré que al final entendí hasta donde puede llegar la importancia de algo; de lo que somos capaces de hacer por las cosas que realmente nos importan y de cómo de repente algo adquiere una importancia vital. Parece muy obvio, ¿verdad? Yo también lo pensaba hasta que Pierre Anton me puso al límite.

Hay momentos en los que me acuerdo del nada de Pierre Anton y, ya con la lección aprendida, me río de él. ¿Nada?… Pierre Anton, tú no sabes lo que es la vida chaval.

Nada, de Janne Teller; editado por Seix Barral


Lo que puede salir de todo esto

Ayer pasé un día encantador conmigo misma, a en mi habitación con las persianas bien bajadas cual Nosferatu y rodeada de buena cultura: Ultraviolencia, Mamá Ladilla y John Waters.

Lo disfruté muchísimo. Me gusta encerrarme en mi habitación (a falta de una subida salarial o una bajada del precio del alquiler o un alma caritativa que quiera compartir piso conmigo o las 3 cosas a la vez, mi habitación es mi santuario) a escuchar, leer y ver el reflejo de las magníficas mentes que hay detrás de estos nombres y comprobar que los amo; por ser capaces de expresar de la forma en que lo hacen esas cosas que yo también siento.

Noguera y su libro Ultraviolencia (con sus Ultrashows que me gustaría ver algún día, véase “fisaco del Matadero y lo que pudo haber sido eso”) me ayudan a darme cuenta de que todas las cosas absurdas que se me pasan por la cabeza pueden llegar a tener sentido si otra persona es capaz de entenderlas. Confieso que leo Ultraviolencia como otros leerían la Biblia: lo abro, leo un pasaje y me voy en paz, sintiéndome genial con mi vida. Nada de “madura de una vez” o “¿en qué coño estás pensando?”. Todo tiene su lógica.

Esta imagen me recuerda mucho al episodio del "falso Piti", el perro ladrón. Si tienen curiosidad, pregunten.

Esta imagen me recuerda mucho al episodio del "falso Piti", el perro ladrón. Si tienen curiosidad, pregunten.

Por el otro lado, Mamá Ladilla y en especial su cantante Juan Abarca (Juan Me Abarcas, dependiendo del volumen de alcohol en sangre) saben como hacer punk guay. Algunos no lo llamarían punk por la calidad que tienen como músicos o por la grandilocuencia de sus letras en las que no he oído ningún “oi”; pero para mi el punk es una actitud ante todo y Mamá Ladilla la tiene. No tienes más que escuchar una, dos o tres canciones para darte cuenta de que la inteligencia, el bizarrismo y el punk pueden ir tan agustito de la mano. Y eso me gusta.

Y por último, pero no peor, John Waters. Hay gente que prefiere Pink Flamingos; yo me quedo con Cecil B. Demente. Todas esas frases que tanto he repetido, esa estética que he imitado para salir a la calle en tantas ocasiones, esa panda de fanáticos del cine que sólo reclama el derecho a ver violencia, sexo o cualquier otra cosa (es lo que tiene el cine sin reglas) en una película y mientras dura un rodaje son célibes… Adoro la reivindicación del porno en salas X, de las películas de acción de los 70, del derecho a mearse en Patch Adams o Forrest Gump… ¡Ah! y la forma en la que se presentan sus protagonistas luciendo tatuajes con los nombres de Sam Fuller, David Lynch u Otto Preminger. Podría pasarme la vida viendo esta película.

Preciosa Melanie, con abrigo dorado, medias de rayas blancas y negras, rubio platino con flequillo y ojos extramaquillados en negro.

"Celibato por el celuloide"

De todo esto sólo pueden salir COSAS BONITAS.